Barcelona

abres las cortinas y la tarde

se acomoda en la almohada

me pides que cuente mi historia

———————–otra vez

———qué quieres saber

aquí noviembre no es de frío

y el mar no llega hasta la puerta

vengo del norte, de una tierra de almendros

———————————————que conoce la derrota

 

cómo explicar que a veces duele

crece en el pecho y el smog consume

a más de once mil quilómetros de casa

———qué quieres oír

barcelona brilla en el agua de las fuentes

y estoy en cada una de sus ramblas

———y en ninguna

Inspirado en esta canción

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Polvo

redúceme al tamaño de tu puño

apretada y contra la pared

hiere mi espalda antes que

mmmdesaparezca

come de mis grietas

mmmde mis pies

que ya no caminan si no los arrastras

líquida y rendida en el suelo

en la inmediatez de tus garras

mmmdevuélveme al polvo

mmmy luego sopla

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Inspirado en diversas obras

Ella se viste

Los rayos del sol tibio se cuelan por debajo de la puerta. Se reproducen en todos los espejos. La brevedad de la blusa me descubre su espalda. Quiero huir y volver, escurrirme con el tiempo que ya no mido. Fuera cae el sol y ella se viste. El cierre de su falda me deja lejos. Y vuelve, porque nunca se ha ido, el áspero frío que me agrieta el pecho. Vuelve para reproducir en los quiebres de los espejos mi ausencia en sus dedos. Y soy de polvo entre los rayos del sol tibio.

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Pintura de Nigel Van Wieck

Para Pol

Junio te empujaba a la vida y fuera caía el sol. Tu mamá luchó contigo y con ella dibujaste tu primera sonrisa. Esa noche, la primavera hizo florecer los geranios de la terraza. Los gatos maullaron tu nombre a la luna. Algo cambió. El mundo dolía menos contigo en él.

Abriste los ojos y tu mirada iluminó los días. Recogí tu cuerpo entre mis brazos y en mi corazón sentí tu pulso. Mis manos nunca te dejarán caer. Dormías y seguro que soñabas. Tu pelo tostado y libre y un grito eterno como la vida que te espera. Tu pequeña nariz se abría y cerraba buscando aire. Abracé tu cuerpo largo como la noche que te vio nacer. Y sonreímos. Yo por dentro, regando mi espíritu, y tú por fuera, adornando la casa.

Inspirado en esta canción

12 fragmentos

ABRIL. Tu tiempo se congeló y no volviste a pisar la realidad. Te echo de menos. Era primavera y tú tenías 83 años. Cada día perdías un poco de peso y mucho de voz. Olvidabas nuestros nombres, o las ganas de recordarlos, no lo sé. Te refugiabas en tu sillón con el deseo de dejar de respirar. Querías ser planta, decías, pero en tu interior ya no quedaban recuerdos por regar.

Aurora

MAYO. Pasan los días y siguen tiritándome, no de frío, las manos y la voz. A veces siento pánico. Qué quieres. Rabia y pánico de verme tan vulnerable. De no conocer ni el principio ni el final. Hasta que abres las ventanas de la casa con esa sonrisa de verano que todo lo envuelve. Todo lo bueno que compartes y que tengo la suerte de ir descubriendo. Verte despertar con ganas de cambiar el mundo. Verte abrir los ojos. O la mente. O las piernas. O el corazón.

Allá entre tus

JUNIO. No te lamió las heridas del cuello, aquellas que se abren de noche y miran al cielo y escuecen y quieres arrancarte con las uñas. Uñas que no tienes de tanto escarbar. De tanto abrir la misma puerta y ver el mismo camino que sube. Que agota. Que cruje como las cáscaras de huevo que olvidas entre tus dientes. Y masticas por no acercarte la mano a la boca. O por no escupir. O porque las cáscaras de huevo ya no erizan tu piel ni los músculos de tu cara se tensan ni encoges los dedos de los pies con cada movimiento de tus dientes.

Volver

JULIO. Si la distancia no decorara el perfil de mis ojos, si al deslizar mi mano no llenara el puño de eso, de sábana, de tela, de nada, diría que aún es ayer cuando lo llenaba de ella.

Luz de jaspe

AGOSTO. Lávate y cuéntame qué ves. No con tus ojos, que ya no tienes, sino con la piel. Háblame de la textura de sus carnes y el grosor de la suciedad que arrastran y acumulan en el asfalto. Háblame del tamaño y las intenciones de las piernas descubiertas que pasean. Del olor a hojas de menta en el fondo de cada vaso y té verde que sostiene el barrio.

El Raval

SEPTIEMBRE. Ven, dijiste al fin. Ven. Abre las piernas y no te pongas nerviosa.

Eucalipto

OCTUBRE. Y ahora qué. Dime tú. Ahora qué hago con estas ganas de escarbar la tierra con los dientes. Qué le voy a hacer si la distancia tiene la maldita manía de hacer sufrir. Y las palabras siempre llegan tarde. Como tú, mi amor. Ocho días. Tal vez a la pena hay que soltarle el pelo y dejarla ir. Qué sé yo. Soltarle el pelo y las cadenas y gritarme quédate, joder. Quédate. Y mañana quién coño sabe.

Martes 11

NOVIEMBRE. Sentirá que de la arena escapan todas las manos de la ciudad para agarrarse a sus tobillos. Para no dejarla marchar. Recogerá la vida en el cuenco de sus manos. Querrá acumularla y llevarse un pedazo de mar. La verá escurrirse entre sus dedos. Justo en ese instante,  Filomena entenderá que a la vida le faltan días.

Filomena

DICIEMBRE. La brisa golpea suerte en la ventana, sin saberse buena o mala.

Valparaíso

ENERO. Congelo el momento. Así hará más ruido al lanzarlo contra el suelo.

La que fui y nunca soy

FEBRERO. La busqué en el jardín y en otros rostros, en otras curvas, en otros lunares. Ya cansada y sin uñas, la busqué dentro del pecho, más abierto que entonces. La busqué dentro del pecho, más caído y más adentro, pero tampoco estaba.

Olor a pecho y animal

MARZO. Deja las gafas sobre la mesa y se rasca la marca que tiene alrededor de la nariz. El contorno de sus ojos se arruga como la piel de un elefante. Casi una lágrima. La recoge con la yema de los dedos y la guarda en el bolsillo de su camisa, junto con la peineta y el bolígrafo. Limpia los cristales de las gafas con un pañuelo y se las vuelve a poner. (Avi. Retratos)

Avi

Seda

Te tocaré por primera vez con los labios. Soplarán vientos y no sabrás dónde. Sentirás el calor entrar en tu cabeza y te quemaré la piel, que también es mi piel. Morderé el cuero que late sobre tu pecho y, con el pecho en la boca, mírame. Soy yo en este cuerpo y tus manos que lo miran y tus ojos que lo tocan. Buscan cualquier sombra. El temblor en las paredes, los párpados hinchados y tu voz se ensancha, me amarra y grita ven, ven. Ven a callarme.

23 de abril

Una trenza plateada nace donde termina tu frente y varias pecas duermen como mariposas sobre tus mejillas. No tienes más de setenta años y aún sientes la urgencia de vivir. Tal vez has paseado por las Ramblas con tu nieta. Le has comprado un libro y su sonrisa todavía te acompaña. Ahora tu cuerpo de avena descansa en el asiento del tren. Abrazas distraída un libro entre las manos. Tapa y piel de resina y pergamino. Recuerdo haber visto el mismo título en casa de la iaia.

Llegó joven y encantada a Barcelona. Perdida entre pasos y ausencias. Huía de la precariedad del sur para tejer un nuevo delirio. Esta tarde le llevaré una rosa.

Una voz anuncia la próxima parada desde los altavoces. Fijas la mirada en algún punto del techo. No distingo si sonríes o si las luces del vagón te molestan. Guardas el libro. Allá donde los recuerdos ocupan poco y pesan mucho. Te levantas del asiento y la falda cae libre hasta tus tobillos. La iaia tenía una parecida, del mismo azul marino.

Un día, imagínate un domingo, se convirtió en agua y humo: el agua caía del cielo y el humo se lo llevó el viento. Pasó el otoño y, deshojando el calendario, también la pena.

Las puertas se abren y bajas del tren. La mandíbula te tiembla. No sé si recitas versos de algún poema o si los nervios de un encuentro próximo huyen por tu boca. Imagino una voz dulce como la lectura bajo las sábanas. Tras la ventana, sin embargo, no la oigo. El ritmo de tus pasos contra el andén de la estación me dice que Sitges te espera. Seguro que tiene una rosa para ti.

Avi

VISTA. Las gafas resbalan sobre su nariz. Cuando no había televisión, miraba el cielo y lo veía crecer, leía Quaderns de l’exili, estudiaba el curso de las estaciones. Pasan los años, las horas. Empuja el puente de las gafas hacia atrás. Atrás la vida que arrastra. Toda una vida. Aparecen esas manchas flotando en sus ojos. Parece polvo acumulado entre los pliegues de su frente. Piensa en sus nietos y recuerda que ella ya no está entre ellos. Deja las gafas sobre la mesa y se rasca la marca que queda alrededor de la nariz. El contorno de sus ojos se arruga como la piel de un elefante. Casi una lágrima. La recoge con la yema de los dedos y la guarda en el bolsillo de su camisa, junto con la peineta y el bolígrafo. Hay tierra, hay campos y piedras en sus ojos. Limpia los cristales de las gafas con un pañuelo y se las vuelve a poner.

OÍDO. Tengo cuentos para escribirle, para leer a sus hijas y a mis madres, a los mares y a los árboles. Para llevarlo de viaje. Tengo versos para volver a los diecisiete con Violeta. Ya suena su canción. Aprieta la mandíbula. Las muelas se abren. Traga aire y arruga la voz. Comienza a cantar. Yo tengo mis cuentos para escribirle y él los suyos para leerme.

GUSTO. El pan cruje entre sus dientes. Es pan tostado de horno de leña, pero sin horno y sin leña. Desliza el pulgar por el plato, lo impregna de aceite y lo lame. Sal gruesa de saco de arpillera. En las noches de frío se alimenta de recuerdos. La camioneta cruzaba los campos aún sin asfaltar. Cajas de manzanas rojas y almendra seca, sacos de patata y azúcar a través. Los críos detrás, la menta en el paladar y las aguas del río penetrando otras aguas.

OLFATO. Huele a almendro cuando él no está. No el fruto, sino el árbol, el tronco desde donde nace cada rama. Hasta le ha crecido uno chiquito sobre el bigote.

TACTO. A su edad, el camino va del cerebro a los pies. Camina como barriendo el aire, arrastrando los pies. Vuelve a la nevera. Lo mismo que antes. Calienta agua en un cazo y se frota las manos. Ásperas, callosas, qué importa. Manos frías y uñas negras. Nunca se las ha mordido. Ni cuando se partían al escarbar la tierra. Entonces las arrancaba con los dedos de la otra mano, ojos cerrados, casi de raíz, y las dejaba secar al sol. Cuántas mujeres habrán tocado. Ahora se acicala el pelo con las manos. Cabello hecho de ceniza y revuelto por el sueño. O por la falta de sueño. Cabello que cae en sus manos y luego al suelo, aquí y allá, como las hojas de los árboles que despiden el otoño. Sirve el agua en una taza. La coge. Se quema las manos. La deja. Como tantas.

Correspondencia íntima

Quiero leerte esta carta para que mi voz sople las dudas de tu frente y quiebre las piedras del camino. Así cumplir las promesas hechas entre sábanas, con el cuerpo y la mente aún calientes. Cierra los ojos y no te duermas. Seguro que estoy nerviosa. Tenme paciencia. Ya ves que pasan los días y siguen tiritándome, no de frío, las manos y la voz.

Quiero ser mejor persona para sacudirte los cielos y los mares y los ojos y enamorarte. Para que abraces mis letras, mis maletas, mis cicatrices. Que el miedo paraliza, pero no me iré de aquí sin intentarlo. Que nadie te alcanza, mi amor. Nadie tiene tus labios ni se ríe como tú.

Quiero atreverme y decorar tus días para mirar de cerca el espectáculo de verte crecer. Arroparte cuando tus lágrimas no encuentren consuelo. Acostarme entre tus manos, llenarte de besos y de sueños. Hacer florecer el balcón. Que los lunes duelan menos y tarde de verano y luna llena en la cama. Bajar la voz para no despertarte y te quiero.

Quiero la suerte de tenerte en mi vida. Que te sobra, vida, y me la regalas cada día. Que ya son muchas las veces que, sin alzar la voz, te has soltado el pelo y las cadenas y me has gritado quédate, joder. Quédate. Y yo elijo quedarme. Elijo tu vida y tu sonrisa de mayo que me desordena. Que ilumina la nueva ciudad. Que atraviesa el estómago y quema la piel y raíces que crecen.

Ahora, dime. A pesar del vértigo y los terremotos. Abre los ojos y dímelo.