Ella se viste

Los rayos del sol tibio se cuelan por debajo de la puerta. Se reproducen en todos los espejos. La brevedad de la blusa me descubre su espalda. Quiero huir y volver, escurrirme con el tiempo que ya no mido. Fuera cae el sol y ella se viste. El cierre de su falda me deja lejos. Y vuelve, porque nunca se ha ido, el áspero frío que me agrieta el pecho. Vuelve para reproducir en los quiebres de los espejos mi ausencia en sus dedos. Y soy de polvo entre los rayos del sol tibio.

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Pintura de Nigel Van Wieck

12 fragmentos

ABRIL. Tu tiempo se congeló y no volviste a pisar la realidad. Te echo de menos. Era primavera y tú tenías 83 años. Cada día perdías un poco de peso y mucho de voz. Olvidabas nuestros nombres, o las ganas de recordarlos, no lo sé. Te refugiabas en tu sillón con el deseo de dejar de respirar. Querías ser planta, decías, pero en tu interior ya no quedaban recuerdos por regar.

Aurora

MAYO. Pasan los días y siguen tiritándome, no de frío, las manos y la voz. A veces siento pánico. Qué quieres. Rabia y pánico de verme tan vulnerable. De no conocer ni el principio ni el final. Hasta que abres las ventanas de la casa con esa sonrisa de verano que todo lo envuelve. Todo lo bueno que compartes y que tengo la suerte de ir descubriendo. Verte despertar con ganas de cambiar el mundo. Verte abrir los ojos. O la mente. O las piernas. O el corazón.

Allá entre tus

JUNIO. No te lamió las heridas del cuello, aquellas que se abren de noche y miran al cielo y escuecen y quieres arrancarte con las uñas. Uñas que no tienes de tanto escarbar. De tanto abrir la misma puerta y ver el mismo camino que sube. Que agota. Que cruje como las cáscaras de huevo que olvidas entre tus dientes. Y masticas por no acercarte la mano a la boca. O por no escupir. O porque las cáscaras de huevo ya no erizan tu piel ni los músculos de tu cara se tensan ni encoges los dedos de los pies con cada movimiento de tus dientes.

Volver

JULIO. Si la distancia no decorara el perfil de mis ojos, si al deslizar mi mano no llenara el puño de eso, de sábana, de tela, de nada, diría que aún es ayer cuando lo llenaba de ella.

Luz de jaspe

AGOSTO. Lávate y cuéntame qué ves. No con tus ojos, que ya no tienes, sino con la piel. Háblame de la textura de sus carnes y el grosor de la suciedad que arrastran y acumulan en el asfalto. Háblame del tamaño y las intenciones de las piernas descubiertas que pasean. Del olor a hojas de menta en el fondo de cada vaso y té verde que sostiene el barrio.

El Raval

SEPTIEMBRE. Ven, dijiste al fin. Ven. Abre las piernas y no te pongas nerviosa.

Eucalipto

OCTUBRE. Y ahora qué. Dime tú. Ahora qué hago con estas ganas de escarbar la tierra con los dientes. Qué le voy a hacer si la distancia tiene la maldita manía de hacer sufrir. Y las palabras siempre llegan tarde. Como tú, mi amor. Ocho días. Tal vez a la pena hay que soltarle el pelo y dejarla ir. Qué sé yo. Soltarle el pelo y las cadenas y gritarme quédate, joder. Quédate. Y mañana quién coño sabe.

Martes 11

NOVIEMBRE. Sentirá que de la arena escapan todas las manos de la ciudad para agarrarse a sus tobillos. Para no dejarla marchar. Recogerá la vida en el cuenco de sus manos. Querrá acumularla y llevarse un pedazo de mar. La verá escurrirse entre sus dedos. Justo en ese instante,  Filomena entenderá que a la vida le faltan días.

Filomena

DICIEMBRE. La brisa golpea suerte en la ventana, sin saberse buena o mala.

Valparaíso

ENERO. Congelo el momento. Así hará más ruido al lanzarlo contra el suelo.

La que fui y nunca soy

FEBRERO. La busqué en el jardín y en otros rostros, en otras curvas, en otros lunares. Ya cansada y sin uñas, la busqué dentro del pecho, más abierto que entonces. La busqué dentro del pecho, más caído y más adentro, pero tampoco estaba.

Olor a pecho y animal

MARZO. Deja las gafas sobre la mesa y se rasca la marca que tiene alrededor de la nariz. El contorno de sus ojos se arruga como la piel de un elefante. Casi una lágrima. La recoge con la yema de los dedos y la guarda en el bolsillo de su camisa, junto con la peineta y el bolígrafo. Limpia los cristales de las gafas con un pañuelo y se las vuelve a poner. (Avi. Retratos)

Avi

23 de abril

Una trenza plateada nace donde termina tu frente y varias pecas duermen como mariposas sobre tus mejillas. No tienes más de setenta años y aún sientes la urgencia de vivir. Tal vez has paseado por las Ramblas con tu nieta. Le has comprado un libro y su sonrisa todavía te acompaña. Ahora tu cuerpo de avena descansa en el asiento del tren. Abrazas distraída un libro entre las manos. Tapa y piel de resina y pergamino. Recuerdo haber visto el mismo título en casa de la iaia.

Llegó joven y encantada a Barcelona. Perdida entre pasos y ausencias. Huía de la precariedad del sur para tejer un nuevo delirio. Esta tarde le llevaré una rosa.

Una voz anuncia la próxima parada desde los altavoces. Fijas la mirada en algún punto del techo. No distingo si sonríes o si las luces del vagón te molestan. Guardas el libro. Allá donde los recuerdos ocupan poco y pesan mucho. Te levantas del asiento y la falda cae libre hasta tus tobillos. La iaia tenía una parecida, del mismo azul marino.

Un día, imagínate un domingo, se convirtió en agua y humo: el agua caía del cielo y el humo se lo llevó el viento. Pasó el otoño y, deshojando el calendario, también la pena.

Las puertas se abren y bajas del tren. La mandíbula te tiembla. No sé si recitas versos de algún poema o si los nervios de un encuentro próximo huyen por tu boca. Imagino una voz dulce como la lectura bajo las sábanas. Tras la ventana, sin embargo, no la oigo. El ritmo de tus pasos contra el andén de la estación me dice que Sitges te espera. Seguro que tiene una rosa para ti.

Avi

VISTA. Las gafas resbalan sobre su nariz. Cuando no había televisión, miraba el cielo y lo veía crecer, leía Quaderns de l’exili, estudiaba el curso de las estaciones. Pasan los años, las horas. Empuja el puente de las gafas hacia atrás. Atrás la vida que arrastra. Toda una vida. Aparecen esas manchas flotando en sus ojos. Parece polvo acumulado entre los pliegues de su frente. Piensa en sus nietos y recuerda que ella ya no está entre ellos. Deja las gafas sobre la mesa y se rasca la marca que queda alrededor de la nariz. El contorno de sus ojos se arruga como la piel de un elefante. Casi una lágrima. La recoge con la yema de los dedos y la guarda en el bolsillo de su camisa, junto con la peineta y el bolígrafo. Hay tierra, hay campos y piedras en sus ojos. Limpia los cristales de las gafas con un pañuelo y se las vuelve a poner.

OÍDO. Tengo cuentos para escribirle, para leer a sus hijas y a mis madres, a los mares y a los árboles. Para llevarlo de viaje. Tengo versos para volver a los diecisiete con Violeta. Ya suena su canción. Aprieta la mandíbula. Las muelas se abren. Traga aire y arruga la voz. Comienza a cantar. Yo tengo mis cuentos para escribirle y él los suyos para leerme.

GUSTO. El pan cruje entre sus dientes. Es pan tostado de horno de leña, pero sin horno y sin leña. Desliza el pulgar por el plato, lo impregna de aceite y lo lame. Sal gruesa de saco de arpillera. En las noches de frío se alimenta de recuerdos. La camioneta cruzaba los campos aún sin asfaltar. Cajas de manzanas rojas y almendra seca, sacos de patata y azúcar a través. Los críos detrás, la menta en el paladar y las aguas del río penetrando otras aguas.

OLFATO. Huele a almendro cuando él no está. No el fruto, sino el árbol, el tronco desde donde nace cada rama. Hasta le ha crecido uno chiquito sobre el bigote.

TACTO. A su edad, el camino va del cerebro a los pies. Camina como barriendo el aire, arrastrando los pies. Vuelve a la nevera. Lo mismo que antes. Calienta agua en un cazo y se frota las manos. Ásperas, callosas, qué importa. Manos frías y uñas negras. Nunca se las ha mordido. Ni cuando se partían al escarbar la tierra. Entonces las arrancaba con los dedos de la otra mano, ojos cerrados, casi de raíz, y las dejaba secar al sol. Cuántas mujeres habrán tocado. Ahora se acicala el pelo con las manos. Cabello hecho de ceniza y revuelto por el sueño. O por la falta de sueño. Cabello que cae en sus manos y luego al suelo, aquí y allá, como las hojas de los árboles que despiden el otoño. Sirve el agua en una taza. La coge. Se quema las manos. La deja. Como tantas.

Correspondencia íntima

Quiero leerte esta carta para que mi voz sople las dudas de tu frente y quiebre las piedras del camino. Así cumplir las promesas hechas entre sábanas, con el cuerpo y la mente aún calientes. Cierra los ojos y no te duermas. Seguro que estoy nerviosa. Tenme paciencia. Ya ves que pasan los días y siguen tiritándome, no de frío, las manos y la voz.

Quiero ser mejor persona para sacudirte los cielos y los mares y los ojos y enamorarte. Para que abraces mis letras, mis maletas, mis cicatrices. Que el miedo paraliza, pero no me iré de aquí sin intentarlo. Que nadie te alcanza, mi amor. Nadie tiene tus labios ni se ríe como tú.

Quiero atreverme y decorar tus días para mirar de cerca el espectáculo de verte crecer. Arroparte cuando tus lágrimas no encuentren consuelo. Acostarme entre tus manos, llenarte de besos y de sueños. Hacer florecer el balcón. Que los lunes duelan menos y tarde de verano y luna llena en la cama. Bajar la voz para no despertarte y te quiero.

Quiero la suerte de tenerte en mi vida. Que te sobra, vida, y me la regalas cada día. Que ya son muchas las veces que, sin alzar la voz, te has soltado el pelo y las cadenas y me has gritado quédate, joder. Quédate. Y yo elijo quedarme. Elijo tu vida y tu sonrisa de mayo que me desordena. Que ilumina la nueva ciudad. Que atraviesa el estómago y quema la piel y raíces que crecen.

Ahora, dime. A pesar del vértigo y los terremotos. Abre los ojos y dímelo.

Olor a pecho y animal

La vi, pasados los años, desde la ventana. Allí me lleva el recuerdo. Jugaba con la brisa entre los dedos y juraría que podía acumularla en el cuenco de su abrazo. Miraba los olivos cargados de flores. Se agachó y tocó con sus rodillas el verde del jardín. Era tan verde como otros agostos. Se agachó y cerró los ojos, los labios carmín, y su pecho se abrió.

Aparté la vista y la ventana se fue alejando. Me tumbé en el sofá. Sentía que se me pegaba la ropa a la piel. O la piel a la ropa, ya no lo sé. Al intentar quitármela, descubrí sin asombro que ya estaba esparcida por el suelo. Debajo de la mesa, una copa vacía de vino, empañada y marcada de aceite, también carmín. Entendí que ya había estado allí. Ya había roto silencios en el sofá y besado mis copas.

Volví a la ventana. Había abierto los ojos y jugaba de nuevo con el viento. Sus brazos se movían ajenos al ritmo de su cuerpo. De puntillas. Así pasó sobre el verde y por mi vida. Casi volando. Un remolino de hojas de menta estalló frente al cristal. Ya era imposible escapar si no era arrojándome por la ventana. El problema no era la altura ni el vértigo en el estómago, sino que en la caída ya no podría soportar más heridas de espina y cal.

Me alejé de allí otra vez. La noche tardaría en llegar al sofá y la quería allí. La quería cerca. Dentro. Y ella no venía, no venía, no venía. El sol apenas empezaba a descender. Recuerdo su descenso y fue temblando. La quise temblando y ciega. Y allá donde temblara, nacía una flor. Bajo las piedras, bajo un paraguas, bajo la ropa.

Ya de noche, pasadas las horas, la ventana reflejaba mi imagen y tras ella no pude ver ningún otro cuerpo. La busqué en el jardín y en otros rostros, en otras curvas, en otros lunares. La busqué en el viento y en los atardeceres. En los olores a cereal y a piel. Ya cansada y sin uñas de tanto escarbar, la busqué dentro del pecho, más abierto que entonces. La busqué dentro del pecho, más caído y más adentro, pero tampoco estaba.

Por qué no buscaría antes allí.

Valparaíso

De camino veo un mundo castaño y estéril con campos de trigo, algunos marchitos. Senil y virgen en un mismo paisaje. Color de cacahuete y áspero olor a tierra. De camino para pensar y reencontrarme. Entender los cambios. De camino y caminar e ir en bicicleta. Volar una cometa. Mirar cómo nace el trigo en el sur y cómo muere el sol en los atardeceres. Preparar la cena, encender la chimenea, escribir sobre papel y pensar en ella. Pensar más en ella.

Hay nombres con los que bailaría en todos los rincones, aún descalza y con alfileres. Valparaíso es uno de ellos. Así pasan las primeras horas. Ojos cerrados y bailar. Como si la vida ya no pesara y fuera frágil y pudiera romperse. Pudiera entenderse. Valparaíso nos acoge con los brazos abiertos. Allí la madera y la hojalata se vuelven mar y el gusano muda a mariposa. El barniz y la pintura llenan la mirada de flores. La brisa golpea suerte en la ventana, sin saberse buena o mala.

Su cabeza en mi pecho. Los besos que le debo, el sueño pendiente. No incomoda el silencio: se le escucha. El sol nace tras los cerros. Valparaíso duerme. Una mañana sin canciones, sin sombras, sin letras ni razones. La miro a los ojos y su mirada tiene los mismos anhelos que los míos. Esa mujer hecha de aire y agua de mayo. La miro, la atravieso, la respiro. He decidido vivirla así. Enredar mi cuerpo y soñar con ese día en que ella arranque las agujas de todos los relojes de la ciudad para coser una manta que me quite el frío y me abrigue la duda y me amarre a este puerto.

Se levanta y vuelve la duna en mi pecho. Tócame y cúbreme, o eso entiendo yo. Y una ola de agua inunda mi pecho. Y siguen creciendo en él sus raíces.

Me detengo y en mí caben todos los veranos que vi pasar antes de que ella entrara en mi vida. Siento que me paro a ver el mundo por primera vez. Valparaíso se levanta sobre pilares de tierra seca y cáscaras de fruta. Hogares de caña de azúcar, espina de puerto y chapa. Balcones colgados de los árboles, que son las casas, desafiando las alturas y el suelo frágil. Depósitos de agua, postes de luz, cables de cobre, grúas para levantar escombros y todo aquello que no se quiere ver, pero que la ciudad tampoco oculta. Vida más allá del cerro. Madera pintada de todos los colores del sur. Ascensores y escaleras de mano. Aceras que caen. Miradores que esconden. Para todos ellos guirnaldas al viento en calles y cocinas.

Y de todo lo escrito y de ella y de sol y de luna y de mar que moja sus pies está hecha Valparaíso.

Esbozo

Me buscas en otras curvas, en otras manos, en otros dientes.

Y me sacas el frío y me secas las manos y me saques la memoria.

En nombre de qué quieres. Aunque mentira, dime, que yo la haré dulce

para el café. Para contar a las plazas y a los parques.

Apaga la luz y los ojos que te leo al oído y cállate.

Pies fríos y manos qué, no sé, como mojadas bajo el paraguas.

Aireo las sábanas donde te besé.

Dejo correr el agua de la bañera.

Ven, corazón, que hoy va de nostalgia.

La voz hila los días, cada día más lentos largos, cada día.

             teje este delirio sin rima.

             rompe el aire y la luz.

Que no.

Que no te alcanzan.

Que no tienen tus ojos 

ni se ríen como tú.

Que las mejillas no son rojas y se te escarchan con la sal.

Que mis domingos son tus bailes.

Que sigo temblando al quererte.

Que lo sé todo de ti y sólo sé esperar.

Hasta el día, hecho noche, en que mis palabras encuentren de nuevo

tu piel.

Filomena

Se buscará en el espejo del baño y el reflejo no le devolverá la sonrisa. Borrará de sus párpados las marcas negras y se desperfilará los labios. Despacio. Lavará con agua su rostro entre las manos. Más despacio. Rascará el sarro de sus dientes con las uñas hasta creer que le sangran las encías, hasta estremecer sus muslos, su tripa, su nuca, y sentir que está allí, de pie, suya, cerrada, mustia.

Ya en el salón, verá sin sorpresa que la noche invade. La luna penetrará su piel tenue. Sus ojos se llenarán de minucia que no caerá. Filomena pasará horas mirando la lluvia. El impacto del agua azotará su cuerpo. Aunque no llueva. Un cuerpo de color malva y áspero en todos sus pliegues. Y esperará tras la ventana los trenes dormidos.

Hileras de ropa colgarán de un extremo al otro de los edificios. El color ceniza de las flores de los panots. El ruido de la vida que quita el sueño. No verá, o no querrá ver, la belleza enredada en las ramas de los plátanos. Y, aunque no la vea, allí estará para ella. Ni sueño ni vela. Oirá las olas del mar romper en la playa. Olerá su sal y la confundirá con nostalgia. Será entonces, y no antes, cuando Filomena se cansará de esperar al hombre que algún día cedió.

Saldrá de casa. El reloj de la torre de piedra marcará las tres de la madrugada. No será el frío ni la noche sino la oscuridad lo que le helará el aliento al respirar y las pupilas al pestañear. Esconderá las manos en los bolsillos. La persiana bajada del puesto de la fruta, la fuente de la plaza con moho y sin agua, el esqueleto sin ruedas de la bicicleta atada a la verja, la calle recogida que lleva a la playa.

Sentirá que de la arena escapan todas las manos de la ciudad para agarrarse a sus tobillos. Para no dejarla marchar. Recogerá la vida en el cuenco de sus manos. Querrá acumularla y llevarse un pedazo de mar. La verá escurrirse entre sus dedos. Justo en ese instante, convertido en segundo y en minuto y en más, Filomena entenderá que a la vida le faltan días. ¿Para qué? Que resbalan y se diluyen con el agua. Que se los bebe y volver. Que se escapan. Borran.

Pero no lo olvidará.

 

 

Martes 11

Son las cinco y treinta y tres. Todavía no asoma el sol. Todavía no acepto que el tuyo acaba de acostarse. Ya sabes, en estas coordenadas duele madrugar. Las pestañas se pegan y el hacha de tu voz solía separarlas. Sigo con las uñas húmedas y los codos secos. En fin, quería sorprenderte despierta. ¿Te imaginas? Tú que no duermes cuando yo sueño.

La cama está fría. Qué esperabas, octubre no florece en este lado de la Tierra. Ojalá estuvieras en ella. En la cama, digo. Aquí el olor a sal de sudor ya es recuerdo. Tu voz delgada. Tu pelo libre enredado tras el huracán de mis manos. Tu cuerpo. Esos ojos eternos como la vida que espera. Quién sabe dónde. Nuevos paisajes. La segunda vez. Borrarte la tinta con la lengua. Ahogarte. Tocarte más allá de la piel. En otro mundo. Respirarte. Sin dudas y con hambre. Arriba, abajo, adentro, a salvo. Sentirte y no soltarte. Amarrarte y gritarte ven, ven, ven a callarme. Abrirte como una granada y comer la pulpa rubí. Y todo eso que pienso, pero no me atrevo a escribir.

La mañana refresca y me lleva a primeros encuentros. El volumen que baja y el tono que sube. Acércate un poco, tienes algo aquí. Esa primera noche soñé con tu boca. Luego, pasados los días y las verjas, corriste tras de mí. El tambor de tus pasos en mi nuca. Cómo olvidarlo. La calle más larga del barrio acortada por el ansia. Vuelve a perseguirme. Venga, quiero oírte llegar. Alcánzame. Tómame las caderas y dibújame el camino que lleva a tu casa. Decórala a mi gusto. Pinta esa pared y cuelga una de mis fotos. Abraza mis letras, mis maletas, mis cicatrices. Ya sabes, en pedir no hay engaño. Es que tu cuello me desespera.

Y ahora qué. Dime tú. Ahora qué hago con estas ganas de escarbar la tierra con los dientes. Con este mar que separa tu cuerpo del mío. Con este sueño pendiente y las ganas de verte. Qué le voy a hacer si la distancia tiene la maldita manía de hacer sufrir. Y las palabras siempre llegan tarde. Como tú, mi amor. Ocho días. Ahora abre la ventana y deja que el Pacífico te sople. Tal vez la temperatura no suba, pero piensa que la lluvia ya no cae. Tal vez a la pena hay que soltarle el pelo y dejarla ir. Qué sé yo. Soltarle el pelo y las cadenas y gritarme quédate, joder. Quédate. Y mañana quién coño sabe.