Correspondencia íntima

Quiero leerte esta carta para que mi voz sople las dudas de tu frente y quiebre las piedras del camino. Así cumplir las promesas hechas entre sábanas, con el cuerpo y la mente aún calientes. Cierra los ojos y no te duermas. Seguro que estoy nerviosa. Tenme paciencia. Ya ves que pasan los días y siguen tiritándome, no de frío, las manos y la voz.

Quiero ser mejor persona para sacudirte los cielos y los mares y los ojos y enamorarte. Para que abraces mis letras, mis maletas, mis cicatrices. Que el miedo paraliza, pero no me iré de aquí sin intentarlo. Que nadie te alcanza, mi amor. Nadie tiene tus labios ni se ríe como tú.

Quiero atreverme y decorar tus días para mirar de cerca el espectáculo de verte crecer. Arroparte cuando tus lágrimas no encuentren consuelo. Acostarme entre tus manos, llenarte de besos y de sueños. Hacer florecer el balcón. Que los lunes duelan menos y tarde de verano y luna llena en la cama. Bajar la voz para no despertarte y te quiero.

Quiero la suerte de tenerte en mi vida. Que te sobra, vida, y me la regalas cada día. Que ya son muchas las veces que, sin alzar la voz, te has soltado el pelo y las cadenas y me has gritado quédate, joder. Quédate. Y yo elijo quedarme. Elijo tu vida y tu sonrisa de mayo que me desordena. Que ilumina la nueva ciudad. Que atraviesa el estómago y quema la piel y raíces que crecen.

Ahora, dime. A pesar del vértigo y los terremotos. Abre los ojos y dime.

Dímelo.

Olor a pecho y animal

La vi, pasados los años, desde la ventana. Allí me lleva el recuerdo. Jugaba con la brisa entre los dedos y juraría que podía acumularla en el cuenco de su abrazo. Miraba los olivos cargados de flores. Se agachó y tocó con sus rodillas el verde del jardín. Era tan verde como otros agostos. Se agachó y cerró los ojos, los labios carmín, y su pecho se abrió.

Aparté la vista y la ventana se fue alejando. Me tumbé en el sofá. Sentía que se me pegaba la ropa a la piel. O la piel a la ropa, ya no lo sé. Al intentar quitármela, descubrí sin asombro que ya estaba esparcida por el suelo. Debajo de la mesa, una copa ya vacía de vino, empañada y marcada de aceite, también carmín. Entendí que ya había estado allí. Ya había roto silencios en el sofá y besado mis copas.

Volví a la ventana. Había abierto los ojos y jugaba de nuevo con el viento. Sus brazos se movían ajenos al ritmo de su cuerpo. De puntillas. Así pasó sobre el verde y por mi vida. Casi volando. Un remolino de hojas de menta estalló frente al cristal. Ya era imposible escapar si no era arrojándome por la ventana. El problema no era la altura ni el vértigo en el estómago, sino que en la caída ya no podría soportar más heridas de espina y cal.

Me alejé de allí otra vez. La noche tardaría en llegar al sofá y la quería allí. La quería cerca. Dentro. Y ella no venía, no venía, no venía. El sol apenas empezaba a descender. Recuerdo su descenso y fue temblando. La quise temblando y ciega. Y allá donde temblara, nacía una flor. Bajo las piedras, bajo un paraguas, bajo la ropa.

Ya de noche, pasadas las horas, la ventana reflejaba mi imagen y tras ella no pude ver ningún otro cuerpo. La busqué en el jardín y en otros rostros, en otras curvas, en otros lunares. La busqué en el viento y en los atardeceres. En los olores a cereal y a piel. Ya cansada y sin uñas de tanto escarbar, la busqué dentro del pecho, más abierto que entonces. La busqué dentro del pecho, más caído y más adentro, pero tampoco estaba.

Por qué no buscaría antes allí.

La que fui y nunca soy

Santiago, como yo, se acuesta tarde. Se busca la vida. Ladra el perro a orillas del hambriento Mapocho. Ladra y remueve el polvo. Santiago apaga la luz. La noche está casi llena y pregunta por mí. Le cuento que estoy en el sur, que aquí los días son más cortos y pasan como trenes. Si pregunta de nuevo, le diré que aún me quedan días para curarme.

Pero la noche calla.

Congelo el momento.

Así hará más ruido al lanzarlo contra el suelo.

Santiago se viste de gris y se protege del calor con un manto de humo. Fuera amanece y áspero olor a tierra. Los días han pasado. El aire se siente tan deshidratado que la paloma de la plaza gorjea en la oreja de mi balcón. Es hora de acostarse. Amada perra de hogar. Pongo la pierna sobre su cadera y ella cierra los ojos. Corto la seda y me marcho.

Y me parto en dos en la despedida.

Valparaíso

De camino veo un mundo castaño y estéril con campos de trigo, algunos marchitos. Senil y virgen en un mismo paisaje. Color de cacahuete y áspero olor a tierra. De camino para pensar y reencontrarme. Entender los cambios. De camino y caminar e ir en bicicleta. Volar una cometa. Mirar cómo nace el trigo en el sur y cómo muere el sol en los atardeceres. Preparar la cena, encender la chimenea, escribir sobre papel y pensar en ella. Pensar más en ella.

Hay nombres con los que bailaría en todos los rincones, aún descalza y con alfileres. Valparaíso es uno de ellos. Así pasan las primeras horas. Ojos cerrados y bailar. Como si la vida ya no pesara y fuera frágil y pudiera romperse. Pudiera entenderse. Valparaíso nos acoge con los brazos abiertos. Allí la madera y la hojalata se vuelven mar y el gusano muda a mariposa. El barniz y la pintura llenan la mirada de flores. La brisa golpea suerte en la ventana, sin saberse buena o mala.

Su cabeza en mi pecho. Los besos que le debo, el sueño pendiente. No incomoda el silencio: se le escucha. El sol nace tras los cerros. Valparaíso duerme. Una mañana sin canciones, sin sombras, sin letras ni razones. La miro a los ojos y su mirada tiene los mismos anhelos que los míos. Esa mujer hecha de aire y agua de mayo. La miro, la atravieso, la respiro. He decidido vivirla así. Enredar mi cuerpo y soñar con ese día en que ella arranque las agujas de todos los relojes de la ciudad para coser una manta que me quite el frío y me abrigue la duda y me amarre a este puerto.

Se levanta y vuelve la duna en mi pecho. Tócame y cúbreme, o eso entiendo yo. Y una ola de agua inunda mi pecho. Y siguen creciendo en él sus raíces.

Me detengo y en mí caben todos los veranos que vi pasar antes de que ella entrara en mi vida. Siento que me paro a ver el mundo por primera vez. Valparaíso se levanta sobre pilares de tierra seca y cáscaras de fruta. Hogares de caña de azúcar, espina de puerto y chapa. Balcones colgados de los árboles, que son las casas, desafiando las alturas y el suelo frágil. Depósitos de agua, postes de luz, cables de cobre, grúas para levantar escombros y todo aquello que no se quiere ver, pero que la ciudad tampoco oculta. Vida más allá del cerro. Madera pintada de todos los colores del sur. Ascensores y escaleras de mano. Aceras que caen. Miradores que esconden. Para todos ellos guirnaldas al viento en calles y cocinas.

Y de todo lo escrito y de ella y de sol y de luna y de mar que moja sus pies está hecha Valparaíso.

Esbozo

Me buscas en otras curvas, en otras manos, en otros dientes.

Y me sacas el frío y me secas las manos y me saques la memoria.

En nombre de qué quieres. Aunque mentira, dime, que yo la haré dulce

para el café. Para contar a las plazas y a los parques.

Apaga la luz y los ojos que te leo al oído y cállate.

Pies fríos y manos qué, no sé, como mojadas bajo el paraguas.

Aireo las sábanas donde te besé.

Dejo correr el agua de la bañera.

Ven, corazón, que hoy va de nostalgia.

La voz hila los días, cada día más lentos largos, cada día.

             teje este delirio sin rima.

             rompe el aire y la luz.

Que no.

Que no te alcanzan.

Que no tienen tus ojos 

ni se ríen como tú.

Que las mejillas no son rojas y se te escarchan con la sal.

Que mis domingos son tus bailes.

Que sigo temblando al quererte.

Que lo sé todo de ti y sólo sé esperar.

Hasta el día, hecho noche, en que mis palabras encuentren de nuevo

tu piel.

Filomena

Se buscará en el espejo del baño y el reflejo no le devolverá la sonrisa. Borrará de sus párpados las marcas negras y se desperfilará los labios. Despacio. Lavará con agua su rostro entre las manos. Más despacio. Rascará el sarro de sus dientes con las uñas hasta creer que le sangran las encías, hasta estremecer sus muslos, su tripa, su nuca, y sentir que está allí, de pie, suya, cerrada, mustia.

Ya en el salón, verá sin sorpresa que la noche invade. La luna penetrará su piel tenue. Sus ojos se llenarán de minucia que no caerá. Filomena pasará horas mirando la lluvia. El impacto del agua azotará su cuerpo. Aunque no llueva. Un cuerpo de color malva y áspero en todos sus pliegues. Y esperará tras la ventana los trenes dormidos.

Hileras de ropa colgarán de un extremo al otro de los edificios. El color ceniza de las flores de los panots. El ruido de la vida que quita el sueño. No verá, o no querrá ver, la belleza enredada en las ramas de los plátanos. Y, aunque no la vea, allí estará para ella. Ni sueño ni vela. Oirá las olas del mar romper en la playa. Olerá su sal y la confundirá con nostalgia. Será entonces, y no antes, cuando Filomena se cansará de esperar al hombre que algún día cedió.

Saldrá de casa. El reloj de la torre de piedra marcará las tres de la madrugada. No será el frío ni la noche sino la oscuridad lo que le helará el aliento al respirar y las pupilas al pestañear. Esconderá las manos en los bolsillos. La persiana bajada del puesto de la fruta, la fuente de la plaza con moho y sin agua, el esqueleto sin ruedas de la bicicleta atada a la verja, la calle recogida que lleva a la playa.

Sentirá que de la arena escapan todas las manos de la ciudad para agarrarse a sus tobillos. Para no dejarla marchar. Recogerá la vida en el cuenco de sus manos. Querrá acumularla y llevarse un pedazo de mar. La verá escurrirse entre sus dedos. Justo en ese instante, convertido en segundo y en minuto y en más, Filomena entenderá que a la vida le faltan días. ¿Para qué? Que resbalan y se diluyen con el agua. Que se los bebe y volver. Que se escapan. Borran.

Pero no lo olvidará.

 

 

Martes 11

Son las cinco y treinta y tres. Todavía no asoma el sol. Todavía no acepto que el tuyo acaba de acostarse. Ya sabes, en estas coordenadas duele madrugar. Las pestañas se pegan y el hacha de tu voz solía separarlas. Sigo con las uñas húmedas y los codos secos. En fin, quería sorprenderte despierta. ¿Te imaginas? Tú que no duermes cuando yo sueño.

La cama está fría. Qué esperabas, octubre no florece en este lado de la Tierra. Ojalá estuvieras en ella. En la cama, digo. Aquí el olor a sal de sudor ya es recuerdo. Tu voz delgada. Tu pelo libre enredado tras el huracán de mis manos. Tu cuerpo. Esos ojos eternos como la vida que espera. Quién sabe dónde. Nuevos paisajes. La segunda vez. Borrarte la tinta con la lengua. Ahogarte. Tocarte más allá de la piel. En otro mundo. Respirarte. Sin dudas y con hambre. Arriba, abajo, adentro, a salvo. Sentirte y no soltarte. Amarrarte y gritarte ven, ven, ven a callarme. Abrirte como una granada y comer la pulpa rubí. Y todo eso que pienso, pero no me atrevo a escribir.

La mañana refresca y me lleva a primeros encuentros. El volumen que baja y el tono que sube. Acércate un poco, tienes algo aquí. Esa primera noche soñé con tu boca. Luego, pasados los días y las verjas, corriste tras de mí. El tambor de tus pasos en mi nuca. Cómo olvidarlo. La calle más larga del barrio acortada por el ansia. Vuelve a perseguirme. Venga, quiero oírte llegar. Alcánzame. Tómame las caderas y dibújame el camino que lleva a tu casa. Decórala a mi gusto. Pinta esa pared y cuelga una de mis fotos. Abraza mis letras, mis maletas, mis cicatrices. Ya sabes, en pedir no hay engaño. Es que tu cuello me desespera.

Y ahora qué. Dime tú. Ahora qué hago con estas ganas de escarbar la tierra con los dientes. Con este mar que separa tu cuerpo del mío. Con este sueño pendiente y las ganas de verte. Qué le voy a hacer si la distancia tiene la maldita manía de hacer sufrir. Y las palabras siempre llegan tarde. Como tú, mi amor. Ocho días. Ahora abre la ventana y deja que el Pacífico te sople. Tal vez la temperatura no suba, pero piensa que la lluvia ya no cae. Tal vez a la pena hay que soltarle el pelo y dejarla ir. Qué sé yo. Soltarle el pelo y las cadenas y gritarme quédate, joder. Quédate. Y mañana quién coño sabe.

Fotogramas

UNO. Abrazas la jarra de cerveza entre las manos y sientes el líquido frío traspasar el vidrio. La espuma se deshace y su blanco se mezcla con el ámbar de la cerveza. Hay en el ambiente un fuerte olor a deseo fermentado. Cierras los ojos y bebes un trago. La línea de tus labios queda marcada. El líquido te atraviesa la garganta y desciende lentamente por el esófago. Sientes un cosquilleo húmedo sobre el labio y recoges con la lengua la espuma sobrante. La humedad que resbala por las paredes de la jarra se vuelve agua en tus manos. La ves entrar. Te acabas de un trago la cerveza. Siempre le ha gustado este juego. ¿Hace mucho que me esperas? Y te da dos besos.

DOS. Sostiene los bastoncillos de madera entre sus dedos y los mueve como si fueran una extremidad más de su cuerpo. Coge una pieza redonda de arroz envuelta en hoja de alga, la baña en salsa de soja, la come de bocado. Se seca los labios con la servilleta y coloca la tela manchada sobre sus piernas. Enreda, de nuevo, los bastoncillos de madera entre sus dedos y coge una bolsita de arroz rebozada de huevas de salmón. Un leve cosquilleo te friega la lengua hasta inundarte de mar la boca. Estáis hechas de pocas palabras. Arrastra con la lengua un grano de arroz que queda en la comisura de sus labios y sonríe. Su sonrisa te muerde el estómago. O algún sitio cerca del estómago.

TRES. Entreabre la boca pero su voz no encuentra salida. Está nerviosa. Te lo dice la cantidad de aire que necesita reunir antes de hablar. Ordena las palabras. Se cuelga del lóbulo de la oreja con una mano. Retira el mechón de cabello que le esconde los ojos con la otra. Y lo suelta, desgarradora y dulce, como si acabara de recordarlo. Me gustas. ¿Cómo dices? Me gustas. Te roba el aliento y no crees poder volver a recuperarlo. Bajo la ropa sientes una brasa no caliente sino insoportable. Arrastras tu voz hasta el otro lado de la mesa. Una voz recogida casi en un suspiro. Parece que dos manos te opriman las cuerdas vocales y, cuando las dejan ir, liberes el aire. Tú también me gustas.

CUATRO. Coges un triángulo de arroz relleno de atún con los dedos y muerdes la punta. El alga se deshace en tu boca y cierras los ojos para retener su sabor. La sangre que corre y el tiempo que frena. Abres los ojos y te lames, uno a uno, los dedos manchados de soja. Un pequeño hoyuelo se adentra en su sonrisa. Está tan bonita esta noche. Sientes que el deseo que centellea entre vuestras miradas deshace la distancia que os separa. Y beber en la bañera y bailar en la cocina una tarde de domingo no es tan lejano. Reúnes todo el aire que eres capaz y lo liberas en un suspiro. ¿Puedo besarte ya? ¿Cómo dices? ¿Puedo besarte ya? Y, por primera vez, el jadeo de su voz tiembla.

Eucalipto

Comencé por tu pelo. La luz de la luna iluminaba la cama. Justo en el centro de la cabeza, un hilo de piel separaba tu melena en dos mitades. Caía libre más allá de tu espalda. Aún era pronto para encender las velas. Háblame. Tú hablaste y el soplo de la voz meció mi pelo y endureció mis pechos como aceitunas negras.

Seguí por tu mirada. Tan noviembre, tan lluvia, tan secreto. No conseguía descifrar el enigma que la envolvía. Parecía cansada, llena de horas y de amantes. Háblame. Y tu voz me mostró unos pliegues de piel y una suave brisa morada bajo las pestañas. Repasé tus labios con los dedos y tragué todo mi apetito cerrando fuerte los ojos.

Me besaste.

Quién te esperaba.

Sentí una humedad densa. Metí sin prisa mi mano bajo la falda. No hubo sorpresas. Desde entonces, el olor a menta picante, a madera frotada con limón que cambia de color con el viento, bañó cada rincón de mi cuerpo.

Recorrí de norte a sur tu espalda con la lengua. Tu piel tiritó al contacto áspero y quedó envuelta por el silencio del momento. Del suspiro entrecortado. De eucalipto y tormenta. A cien metros de altura, con la espalda curtida y de madera. Cómo no iba a tocarte. Tus manos, ya hechas hoja, glaucas, olorosas, y las semillas vertidas en tu cauce.

Te inclinaste y tus pechos asomaron por el escote de la camisa. Eran grandes y estaban erguidos. Entre ellos crecía una flor blanca y solitaria que abría tus costillas. No era el fruto azulado sino el vértigo lo que arañaba la piel. Arrancaste la raíz y la colocaste sobre mi pecho. Entonces él, el silencio, se fue.

Ven, dijiste al fin. Ven. Abre las piernas y no te pongas nerviosa.

Te amé con tanta urgencia que me asusté de no saber decirte suficiente cuando te tocaba. Hasta la queja del colchón me quemaba la piel. Ya era tarde para encender las velas. Cogiste aire un segundo tan eterno que dio tiempo de convertirse en agua y penetrar en mí, convertida también en agua. Pero podía mirarte a los ojos sin ahogarme. Los labios, finos como el cristal, se descosieron buscando aire y sin aire te dejaron, con la boca quebrada, sin aire para el último grito.

Arequipa

Un huarango ya muerto, golpeado por el viento, abría las hojas al cielo. Goteaba por su corteza la luz del sol, color trigo y calabaza, y caía con todo su peso sobre las pieles del camino. Algunas se protegían con pedazos de tela o de carne. Otras emblanquecían y brillaban con la mezcla de crema y sudor. Ahora cambiaría mi loción por su manta trenzada en cuatro sogas.

Septiembre del quince, allá primavera.

Me miró con esa mirada que parecía pedir permiso para vivir. De esas que te vacían por dentro a cucharadas. No tuve tiempo de retener el contorno de sus ojos, pero los imagino limpios bajo unas gruesas y perfiladas cejas negras entorno a unas pestañas finas como papel de arroz. Qué capricho. Esos ojos no tendrían más de seis años. No jugaba con las piedras ni trepaba por las ramas. Seis años mirando a extraños en su tierra. Sin interrogantes.

Su indiferencia atravesó mi piel como agujeros de gusano. Se arrastró hasta dentro en una espiral cada vez más profunda, como una larga lombriz que atrae consigo la suciedad del alrededor. Esa mirada se aferró a mí para quedarse dentro, quieta, muy adentro. La curva de sus labios conservó la pureza y brilló como el hielo.

Bajo el atardecer del huarango, sus ojos mostraron una sombra. Un recorte oscuro de inocencia sobre la tierra. Una mirada rutinaria, tan transparente que podía ver su interior. Y desde unos ojos hostiles siempre reflejan una imagen errónea. Pero esa mirada lo tenía todo. Era libre de la agresión de la sociedad y del forastero. Una mirada digna, al fin y al cabo.

Ahora invento que mis palabras tropezaron con algo que le hizo sonreír. Y tengo tiempo para verlo. Para detenerme en sus dientes recién nacidos y en sus labios rotos de calor. Su nariz hinchada tras cada aliento. Y esas orejas delgadas y pegadas a la piel que todo lo oyen y tocan. El manojo de sueños enredado en su pelo. Y su piel triste y su vientre redondo y pies polvo. Todavía siento en el pecho el golpe de esa mirada. La mirada del que tiene tan poco que lo tiene todo. Tal vez el golpe se vuelva vacío y ya no se vaya y quede yo desnuda como la flor que se abre. O tal vez el vacío estaba dentro de mí ya hacía tiempo y yo ciega no lo había sentido hasta ahora.