Para Pol

Junio te empujaba a la vida y fuera caía el sol. Tu mamá luchó contigo y con ella dibujaste tus primeras sonrisas. Esa noche, la primavera hizo florecer los geranios de la terraza. Los gatos se reunieron en la calle y maullaron tu nombre a la luna. Algo cambió y sentí que el mundo dolía menos contigo en él. Ahora nace cada día en ti.

Abriste los ojos y tu mirada iluminó nuestros días. Recogí tu cuerpo entre mis brazos y en mi corazón sentí tu pulso. Cerraste los ojos sin fuerza, rendido contra mi pecho, como si supieras que mis manos nunca te dejarán caer. Dormías y seguro que soñabas. Tu pelo tostado y libre y unos ojos eternos como la vida que te espera. Unos labios teñidos como el futuro por pintar y tu pequeña nariz, que se abría y cerraba buscando aire. Abracé tu cuerpo largo como la noche que te vio nacer. Y sonreímos. Yo por dentro, regando mi espíritu, y tú por fuera, adornando la casa.

Tengo miedo torero

 

La primavera chorreando los muros

y el alba del barrio todavía dormida.

 

Pidió permiso entrecerrando las pestañas,

sus nalgas marcadas,

su nervioso corazón de ardilla.

 

En pleno aguacero, estilando:

una gasa sobre el pasado.

 

Tan ardiente su cuerpo de elefante

ahogándome.

 

Y luego, el mismo calcetín olvidado,

la misma sábana goteada,

el mismo ardor.

 

Eso es mentir, cariño,

y no lo que hay en mí.

Seda

Estoy aquí. Nadie nos ve y yo estoy aquí. Quiero mirarte, no te acerques. Cierra los ojos y acaríciate. Sin prisa ni rumor. No abras los ojos y acaríciate. Nadie nos ve. Tengámonos ahora que nos tenemos. Tenemos esta noche y yo quiero mirarte. Tus manos sobre tu piel. Así. Despacio. No abras los ojos. Siente los golpes de tu pulso. Respira hacia dentro. Sin aire. Respira y no abras los ojos. Todavía no. No te detengas. Tu mano sobre tu pecho. Me gusta mirarla y mirarte. Estoy aquí. Casi te puedo rozar. Y mi voz te alcanza y estoy mirándote el frío y me quiero contigo. Todavía no. No abras los ojos y tendrás mi piel. Te tocaré por primera vez con los labios. No sabrás dónde. Sentirás mis labios sobre ti. Soplarán vientos y no sabrás dónde. Tal vez sobre tus párpados. Sentirás el calor entrar en tu cabeza. Y te quemaré la piel, que también es mi piel. O tal vez no. La humedad demolerá tu cuerpo. Apoyaré mis labios en tu pecho y los besaré hasta que se agrieten. Morderé la piel que late sobre tu pecho. Y con el pecho en la boca mírame, soy yo y este cuerpo ya sin seda y tus manos que lo miran y tus ojos que lo tocan. Tus brazos no dejan que me vaya, y quién quiere irse. Mi voz dentro de la tuya. Voz de trigo y mujer cautiva. Los golpes dentro de mí. Tus ojos que buscan los míos, quieren saber hasta dónde. Hasta dejarme caer y sostener de nuevo el precipicio de mi espalda. Hasta dejarme el cuerpo y el corazón secos. Hasta donde quieras, mi amor.

23 de abril

Una trenza plateada nace donde termina tu frente y varias pecas duermen como mariposas sobre tus mejillas. No tienes más de setenta años y aún sientes la urgencia de vivir. Tal vez has paseado por las Ramblas con tu nieta. Le has comprado un libro y su sonrisa todavía te acompaña en este viaje. Ahora tu cuerpo de avena descansa en el asiento del tren. Abrazas distraída un libro entre las manos. Tapa y piel de resina y pergamino. Recuerdo haber visto el mismo título en casa de la iaia.

Llegó joven y encantada a Barcelona. Perdida entre pasos y ausencias. Huía de la precariedad del sur para tejer un nuevo delirio. Esta tarde le llevaré una rosa.

Una voz anuncia la próxima parada desde los altavoces. Fijas la mirada en algún punto del techo y no distingo si sonríes o si las luces del vagón te molestan. Guardas el libro. Allá donde los recuerdos ocupan poco y pesan mucho. Te levantas del asiento y la falda cae libre hasta tus tobillos. La iaia tenía una parecida y del mismo azul marino.

Un día, imagínate un domingo, se convirtió en agua y humo: el agua caía del cielo y el humo se lo llevó el viento. Pasó el otoño y, deshojando el calendario, también la pena.

Las puertas se abren y bajas del tren. La mandíbula te tiembla y no sé si recitas versos de algún poema o si los nervios de un encuentro próximo huyen por tu boca. Imagino una voz dulce como la lectura de un cuento bajo las sábanas; tras la ventana, sin embargo, no la oigo. El ritmo de tus pasos contra el andén de la estación me dice que Sitges te espera. Seguro que tiene una rosa para ti.

12 fragmentos

ABRIL. Tu tiempo se congeló y no volviste a pisar la realidad. Te echo de menos. Era primavera y tú tenías 83 años. Cada día perdías un poco de peso y mucho de voz. Olvidabas nuestros nombres, o las ganas de recordarlos, no lo sé. Te refugiabas en tu sillón con el deseo de dejar de respirar. Querías ser planta, decías, pero en tu interior ya no quedaban recuerdos por regar. (Aurora, Retratos)

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MAYO. Pasan los días y siguen tiritándome, no de frío, las manos y la voz. A veces siento pánico. Qué quieres. Rabia y pánico de verme tan vulnerable. De no conocer ni el principio ni el final. Hasta que abres las ventanas de la casa con esa sonrisa de verano que todo lo envuelve. Todo lo bueno que compartes y que tengo la suerte de ir descubriendo. Verte despertar con ganas de cambiar el mundo. Verte abrir los ojos. O la mente. O las piernas. O el corazón. (Allá entre tus. Carnales)

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JUNIO. No te lamió las heridas del cuello, aquellas que se abren de noche y miran al cielo y escuecen y quieres arrancarte con las uñas. Uñas que no tienes de tanto escarbar. De tanto abrir la misma puerta y ver el mismo camino que sube. Que agota. Que cruje como las cáscaras de huevo que olvidas entre tus dientes. Y masticas por no acercarte la mano a la boca. O por no escupir. O porque las cáscaras de huevo ya no erizan tu piel ni los músculos de tu cara se tensan ni encoges los dedos de los pies con cada movimiento de tus dientes. (Volver. Imágenes)

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JULIO. Si la distancia no decorara el perfil de mis ojos, si al deslizar mi mano no llenara el puño de eso, de sábana, de tela, de nada, diría que aún es ayer cuando lo llenaba de ella. (Luz de jaspe. Vínculos)

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AGOSTO. Lávate y cuéntame qué ves. No con tus ojos, que ya no tienes, sino con la piel. Háblame de la textura de sus carnes y el grosor de la suciedad que arrastran y acumulan en el asfalto. Háblame del tamaño y las intenciones de las piernas descubiertas que pasean. Del olor a hojas de menta en el fondo de cada vaso y té verde que sostiene el barrio. (El Raval. Imágenes)

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SEPTIEMBRE. Ven, dijiste al fin. Ven. Abre las piernas y no te pongas nerviosa. (Eucalipto. Carnales)

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OCTUBRE. Y ahora qué. Dime tú. Ahora qué hago con estas ganas de escarbar la tierra con los dientes. Qué le voy a hacer si la distancia tiene la maldita manía de hacer sufrir. Y las palabras siempre llegan tarde. Como tú, mi amor. Ocho días. Tal vez a la pena hay que soltarle el pelo y dejarla ir. Qué sé yo. Soltarle el pelo y las cadenas y gritarme quédate, joder. Quédate. Y mañana quién coño sabe. (Martes 11. Vínculos)

https://martvillar.wordpress.com/2016/10/19/martes-11/

NOVIEMBRE. Sentirá que de la arena escapan todas las manos de la ciudad para agarrarse a sus tobillos. Para no dejarla marchar. Recogerá la vida en el cuenco de sus manos. Querrá acumularla y llevarse un pedazo de mar. La verá escurrirse entre sus dedos. Justo en ese instante,  Filomena entenderá que a la vida le faltan días. (Filomena. Retratos)

https://martvillar.wordpress.com/2016/11/02/filomena/

DICIEMBRE. La brisa golpea suerte en la ventana, sin saberse buena o mala. (Valparaíso. Imágenes)

https://martvillar.wordpress.com/2016/12/14/valparaiso/

ENERO. Congelo el momento. Así hará más ruido al lanzarlo contra el suelo. (La que fui y nunca soy. Líricas)

https://martvillar.wordpress.com/2017/01/11/la-que-fui-y-nunca-soy/

FEBRERO. La busqué en el jardín y en otros rostros, en otras curvas, en otros lunares. Ya cansada y sin uñas, la busqué dentro del pecho, más abierto que entonces. La busqué dentro del pecho, más caído y más adentro, pero tampoco estaba. (Olor a pecho y animal. Vínculos)

https://martvillar.wordpress.com/2017/02/08/olor-a-pecho-y-animal/

MARZO. Deja las gafas sobre la mesa y se rasca la marca que tiene alrededor de la nariz. El contorno de sus ojos se arruga como la piel de un elefante. Casi una lágrima. La recoge con la yema de los dedos y la guarda en el bolsillo de su camisa, junto con la peineta y el bolígrafo. Limpia los cristales de las gafas con un pañuelo y se las vuelve a poner. (Avi. Retratos)

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Avi

VISTA. Las gafas resbalan sobre su nariz. Cuando no había televisión, miraba el cielo y lo veía crecer, leía Quaderns de l’exili, estudiaba el curso de las estaciones. Pasan los años, las horas. Empuja el puente de las gafas hacia atrás. Atrás la vida que arrastra. Toda una vida. Aparecen esas manchas flotando en sus ojos. Parece polvo acumulado entre los pliegues de su frente. Piensa en sus nietos y recuerda que ella ya no está entre ellos. Deja las gafas sobre la mesa y se rasca la marca que tiene alrededor de la nariz. El contorno de sus ojos se arruga como la piel de un elefante. Casi una lágrima. La recoge con la yema de los dedos y la guarda en el bolsillo de su camisa, junto con la peineta y el bolígrafo. Hay tierra, hay campos y piedras en sus ojos. Limpia los cristales de las gafas con un pañuelo y se las vuelve a poner.

OÍDO. Tengo cuentos para escribirle, para leer a sus hijas y a mis madres, a los mares y a los árboles. Para llevarlo de viaje. Tengo versos para volver a los diecisiete con Violeta. Ya suena su canción. Aprieta la mandíbula. Las muelas se abren. Traga el aire y se arruga su voz. Comienza a cantar. Se enreda. Yo tengo mis cuentos para escribirle y él los suyos para leerme.

GUSTO. El pan cruje entre sus dientes. Es pan tostado de horno de leña, pero sin horno y sin leña. Desliza el pulgar por el plato, lo impregna de aceite y lo lame. Sal gruesa de saco de arpillera. En las noches de frío se alimenta de recuerdos. La camioneta cruzaba los campos aún sin asfaltar. Cajas de manzanas rojas y almendra seca, sacos de patata y azúcar a través. Los críos detrás, la menta en el paladar y las aguas del río penetrando otras aguas. Y el sabor del paisaje ocre, sangre y hierba.

OLFATO. Huele a almendro cuando él no está. No el fruto, sino el árbol, el tronco desde donde nace cada rama. Hasta le ha crecido uno chiquito sobre el bigote.

TACTO. A su edad, el camino va del cerebro a los pies. Camina como barriendo el aire, arrastrando los pies como si fueran raíces de un árbol crecido entre las baldosas. Vuelve a la nevera. Lo mismo que antes. Calienta un poco de agua en un cazo y se frota las manos. Ásperas, callosas, qué importa. Manos frías y uñas negras. Nunca se las ha mordido. Nunca incluso cuando se partían al escarbar la tierra. Entonces las arrancaba con los dedos de la otra mano, ojos cerrados, casi de raíz, y las dejaba secar al sol. Cuántas mujeres habrán tocado. Ahora se acicala el pelo con las manos. Cabello hecho de ceniza y revuelto por el sueño. O por la falta de sueño. Cabello que cae en sus manos y luego al suelo, aquí y allá, como las hojas de los árboles se despiden del otoño. Sirve el agua en una taza. La coge. Se quema las manos. La deja. Olvidada. Como tantas.

Correspondencia íntima

Quiero leerte esta carta para que mi voz sople las dudas de tu frente y quiebre las piedras del camino. Así cumplir las promesas hechas entre sábanas, con el cuerpo y la mente aún calientes. Cierra los ojos y no te duermas. Seguro que estoy nerviosa. Tenme paciencia. Ya ves que pasan los días y siguen tiritándome, no de frío, las manos y la voz.

Quiero ser mejor persona para sacudirte los cielos y los mares y los ojos y enamorarte. Para que abraces mis letras, mis maletas, mis cicatrices. Que el miedo paraliza, pero no me iré de aquí sin intentarlo. Que nadie te alcanza, mi amor. Nadie tiene tus labios ni se ríe como tú.

Quiero atreverme y decorar tus días para mirar de cerca el espectáculo de verte crecer. Arroparte cuando tus lágrimas no encuentren consuelo. Acostarme entre tus manos, llenarte de besos y de sueños. Hacer florecer el balcón. Que los lunes duelan menos y tarde de verano y luna llena en la cama. Bajar la voz para no despertarte y te quiero.

Quiero la suerte de tenerte en mi vida. Que te sobra, vida, y me la regalas cada día. Que ya son muchas las veces que, sin alzar la voz, te has soltado el pelo y las cadenas y me has gritado quédate, joder. Quédate. Y yo elijo quedarme. Elijo tu vida y tu sonrisa de mayo que me desordena. Que ilumina la nueva ciudad. Que atraviesa el estómago y quema la piel y raíces que crecen.

Ahora, dime. A pesar del vértigo y los terremotos. Abre los ojos y dime.

Dímelo.

Olor a pecho y animal

La vi, pasados los años, desde la ventana. Allí me lleva el recuerdo. Jugaba con la brisa entre los dedos y juraría que podía acumularla en el cuenco de su abrazo. Miraba los olivos cargados de flores. Se agachó y tocó con sus rodillas el verde del jardín. Era tan verde como otros agostos. Se agachó y cerró los ojos, los labios carmín, y su pecho se abrió.

Aparté la vista y la ventana se fue alejando. Me tumbé en el sofá. Sentía que se me pegaba la ropa a la piel. O la piel a la ropa, ya no lo sé. Al intentar quitármela, descubrí sin asombro que ya estaba esparcida por el suelo. Debajo de la mesa, una copa vacía de vino, empañada y marcada de aceite, también carmín. Entendí que ya había estado allí. Ya había roto silencios en el sofá y besado mis copas.

Volví a la ventana. Había abierto los ojos y jugaba de nuevo con el viento. Sus brazos se movían ajenos al ritmo de su cuerpo. De puntillas. Así pasó sobre el verde y por mi vida. Casi volando. Un remolino de hojas de menta estalló frente al cristal. Ya era imposible escapar si no era arrojándome por la ventana. El problema no era la altura ni el vértigo en el estómago, sino que en la caída ya no podría soportar más heridas de espina y cal.

Me alejé de allí otra vez. La noche tardaría en llegar al sofá y la quería allí. La quería cerca. Dentro. Y ella no venía, no venía, no venía. El sol apenas empezaba a descender. Recuerdo su descenso y fue temblando. La quise temblando y ciega. Y allá donde temblara, nacía una flor. Bajo las piedras, bajo un paraguas, bajo la ropa.

Ya de noche, pasadas las horas, la ventana reflejaba mi imagen y tras ella no pude ver ningún otro cuerpo. La busqué en el jardín y en otros rostros, en otras curvas, en otros lunares. La busqué en el viento y en los atardeceres. En los olores a cereal y a piel. Ya cansada y sin uñas de tanto escarbar, la busqué dentro del pecho, más abierto que entonces. La busqué dentro del pecho, más caído y más adentro, pero tampoco estaba.

Por qué no buscaría antes allí.

La que fui y nunca soy

Santiago, como yo, se acuesta tarde. Se busca la vida. Ladra el perro a orillas del hambriento Mapocho. Ladra y remueve el polvo. Santiago apaga la luz. La noche está casi llena y pregunta por mí. Le cuento que estoy en el sur, que aquí los días son más cortos y pasan como trenes. Si pregunta de nuevo, le diré que aún me quedan días para curarme.

Pero la noche calla.

Congelo el momento.

Así hará más ruido al lanzarlo contra el suelo.

Santiago se viste de gris y se protege del calor con un manto de humo. Fuera amanece y áspero olor a tierra. Los días han pasado. El aire se siente tan deshidratado que la paloma de la plaza gorjea en la oreja de mi balcón. Es hora de acostarse. Amada perra de hogar. Pongo la pierna sobre su cadera y ella cierra los ojos. Corto la seda y me marcho.

Y me parto en dos en la despedida.

Valparaíso

De camino veo un mundo castaño y estéril con campos de trigo, algunos marchitos. Senil y virgen en un mismo paisaje. Color de cacahuete y áspero olor a tierra. De camino para pensar y reencontrarme. Entender los cambios. De camino y caminar e ir en bicicleta. Volar una cometa. Mirar cómo nace el trigo en el sur y cómo muere el sol en los atardeceres. Preparar la cena, encender la chimenea, escribir sobre papel y pensar en ella. Pensar más en ella.

Hay nombres con los que bailaría en todos los rincones, aún descalza y con alfileres. Valparaíso es uno de ellos. Así pasan las primeras horas. Ojos cerrados y bailar. Como si la vida ya no pesara y fuera frágil y pudiera romperse. Pudiera entenderse. Valparaíso nos acoge con los brazos abiertos. Allí la madera y la hojalata se vuelven mar y el gusano muda a mariposa. El barniz y la pintura llenan la mirada de flores. La brisa golpea suerte en la ventana, sin saberse buena o mala.

Su cabeza en mi pecho. Los besos que le debo, el sueño pendiente. No incomoda el silencio: se le escucha. El sol nace tras los cerros. Valparaíso duerme. Una mañana sin canciones, sin sombras, sin letras ni razones. La miro a los ojos y su mirada tiene los mismos anhelos que los míos. Esa mujer hecha de aire y agua de mayo. La miro, la atravieso, la respiro. He decidido vivirla así. Enredar mi cuerpo y soñar con ese día en que ella arranque las agujas de todos los relojes de la ciudad para coser una manta que me quite el frío y me abrigue la duda y me amarre a este puerto.

Se levanta y vuelve la duna en mi pecho. Tócame y cúbreme, o eso entiendo yo. Y una ola de agua inunda mi pecho. Y siguen creciendo en él sus raíces.

Me detengo y en mí caben todos los veranos que vi pasar antes de que ella entrara en mi vida. Siento que me paro a ver el mundo por primera vez. Valparaíso se levanta sobre pilares de tierra seca y cáscaras de fruta. Hogares de caña de azúcar, espina de puerto y chapa. Balcones colgados de los árboles, que son las casas, desafiando las alturas y el suelo frágil. Depósitos de agua, postes de luz, cables de cobre, grúas para levantar escombros y todo aquello que no se quiere ver, pero que la ciudad tampoco oculta. Vida más allá del cerro. Madera pintada de todos los colores del sur. Ascensores y escaleras de mano. Aceras que caen. Miradores que esconden. Para todos ellos guirnaldas al viento en calles y cocinas.

Y de todo lo escrito y de ella y de sol y de luna y de mar que moja sus pies está hecha Valparaíso.